La moda Crowley

El ocultista del que todos hablan y nadie ha leído.

aleister crowley

Avance de la moda Crowley para la temporada otoño-invierno.

Aleister Crowley está de moda. No queda en internet un solo magazine cultureta chupiguay que no le haya dedicado al menos un artículo en los últimos meses. El atractivo del personaje es indudable: mago, ocultista, alpinista, drogadicto, más erudito que intelectual, libertino de potencia sexual legendaria, autoproclamado la Bestia 666 y declarado “el hombre más malvado de su tiempo”.

Consciente y deliberadamente pervertido, se entregó a todos los excesos, coprofagia incluida (no sé si de esto habrán hablado los magazines culturetas chupiguays). Usaba títulos nobiliarios falsos y cambiaba de nombre continuamente. Siguió una norma que él mismo había establecido: “De ningún modo has de comportarte de manera normal o vivir como si fueras tú mismo.”

Un cóctel explosivo muy atractivo para esta insustancial cultura popular contemporánea que anda siempre en busca de perros verdes de tres cabezas. Crowley reúne todas las características para convertirse en icono pop. De hecho, lo es desde hace años, concretamente desde que apareció en la portada del Sgt. Pepper’s, y se pone de moda cada cierto tiempo. Ahora toca.

No hablaré, por ser un tema manido, de la supuesta influencia de A.C. en rockeros como Led Zeppelin, David Bowie, Ozzy Osbourne, Marilyn Manson, Iron Maiden y una larga lista que también incluye a Siniestro Total y Fangoria. Además de escritores y artistas de todo tipo.

Ellic Howe, cronista de la orden esotérica Golden Dawn, afirmó: “Mi propia impresión es que Crowley fue siempre un psicópata (aunque no me siento calificado como para definir la naturaleza de su enfermedad), mucho más dotado de lo que lo admitirían muchos de sus detractores, dueño de considerables cualidades imaginativas, y uno de los máximos farsantes de este siglo.”

Un psicópata y farsante, además de obseso sexual, es un firme candidato a héroe ejemplar de la sociedad contemporánea.

Pero, postureos aparte, ¿Aleister Crowley sirve para algo? ¿Qué aportan sus obras? Más aún… ¿alguien las ha leído?

Resulta significativo que alguien con una amplísima trayectoria literaria -ensayo, poesía y narrativa- solo tenga unos pocos libros traducidos y en cambio haya al menos tres biografías en español, que yo conozca: la de John Symonds, la de Martin Booth y la más ligera y recomendable de Colin Wilson. ¿Quiere esto decir que estamos ante un tipo cuya vida es mucho más interesante que su obra?.

Según sus biógrafos, nuestro hombre estaba en contacto con los llamados Jefes Secretos o Superiores Desconocidos, enigmáticos seres de luz que se supone pretenden ayudar a la Humanidad, pero que siempre entran en contacto con sus individuos más extraviados o directamente borderline.

Uno de estos seres llamado Aiwass (I was ¿lo pillan?) dictó supuestamente a A.C. El libro de la Ley (Ed. Humanitas, 2000). En uno de sus párrafos dice “Aquellos que discutan el contenido de este libro serán repudiados por todos como centro de pestilencias”. Si no fuera porque no quiero convertirme en un centro de pestilencias diría que este libro es una colección de tonterías sin ningún sentido, que muestra por las claras que los Superiores están tan desorientados como nosotros, o bien nos toman el pelo.

La Felguera publica estos días una excelente edición limitada de esta obra, que incluye el manuscrito original de Crowley (condición impuesta por el propio autor para todas las ediciones que se hiciesen de este libro). La portada de Mario Rivière es sencillamente magistral. Adquieran uno de esos bonitos ejemplares y colóquenlo en un lugar visible de su salón para que sus amigos crean que lo han leído.

aleister crowley libro de la  ley

El Libro de la Ley (La Felguera, 2016)

777 (Ed. Humanitas, 1989) es un libro considerado útil para los estudiosos de la Cábala Occidental, que es un sistema de símbolos relacionados cuya comprensión permite alcanzar niveles superiores de conciencia (si quieren saber algo de este tema les recomiendo leer La Cábala Mística de Dion Fortune). 777 Contiene numerosas tablas de relaciones entre símbolos aplicables a los sephirot y senderos del Arbol de la Vida, que es el diagrama sobre el que meditan los iniciados en esta escuela. El discípulo de Fortune y cabalista Gareth Knight se muestra escéptico respecto a la utilidad de este libro: “Crowley, por ejemplo, ha hecho exhaustivas listas de correspondencias en 777, pero no son realmente de utilidad para nadie, excepto para Crowley mismo, y él está muerto.”

El Libro de Thoth (1944) recoge la interpretación de los arcanos del Tarot, basada en un diseño del propio Crowley. Hay una edición de 2006 de Luis Cárcamo Editor.

Magick (1929), en su título original, o Magia(k) en teoría y práctica (Luis Cárcamo, 1986) está considerada la obra maestra de A.C., probablemente porque puede entenderla cualquier ser humano normal. Explica los rituales mágicos y el significado de los elementos que lo componen. Los estudiosos de la obra crowleyana que hoy proliferan como hongos hacen hincapié en el hecho (irrelevante) de que la k del título es la inicial de la palabra griega kteis, que significa vagina.

El libro de las mentiras (1912), 92 capítulos (91 más un capítulo 0) con textos esotéricos de interpretación del Arbol de la Vida. Hay una edición de 1996, de Humanitas. Otra obra solo para iniciados de la que podría decirse lo mismo que advierte Knight sobre 777. El genial Robert Anton Wilson, tras la lectura del capítulo 69, creyó haber descubierto claves ocultas que demostrarían que el libro describe en realidad prácticas sexuales.

Hay unos pocos ensayos más sobre los mismos temas traducidos y publicados por la Editorial Humanitas. Además de los textos ocultistas, A.C. escribió poesía, no traducida al español, que yo sepa. No terminaré sin mencionar un libro de ficción publicado este mismo año por Valdemar: El testamento de Magdalen Blair, un conjunto de relatos que no he leído y por tanto no sé de qué van.

Y ahora un consejo: para leer y encontrar sentido a la obra de Crowley se necesitaría dedicarle toda una vida y aun así el éxito es dudoso. Es mejor dedicar el tiempo a la caza del pokemon.

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LSD Flashbacks

La autobiografía de Timothy Leary.

Timothy Leary

Timothy Leary

Hace años leí Confesiones de un adicto a la esperanza, donde Timothy Leary (1920-1996) cuenta sus andanzas en Argelia y me quedé con ganas de más. Ha habido que esperar a que Alpha Decay -una de esas editoriales pequeñas pero grandes por su calidad- recuperase este LSD Flashbacks -publicado originalmente en 1983 y ampliado en 1990- para tener una autobiografía extensa del divulgador del uso psicodélico del LSD. Esta edición cuenta además con el aliciente de un prólogo de William Burroughs.

Hablar de la vida del doctor Leary es lo mismo que contar la historia de las drogas en California desde finales de los años 50 hasta la definitiva prohibición de la posesión de LSD en 1968 y sus consecuencias. Pero también es la reseña de cómo el sistema reacciona con la máxima violencia de que es capaz cuando cree que algo le amenaza, de cómo el estado se salta sus propias leyes para penalizar a quienes considera enemigos potenciales.

Leary fue el primer psicólogo de Harvard en investigar sobre el uso de las sustancias psicotrópicas, primero la psilocibina y más tarde el LSD (dietilamida de ácido lisérgico), descubierto de forma casual por Albert Hofmann. Antes, en 1949, el doctor Max Rinkel, del Centro para la salud mental de Massachussets, había empleado el LSD con fines terapéuticos y en 1957 el psiquiatra británico Humphry Osmond había acuñado la palabra “psicodélico”, que viene a significar “lo que manifiesta el espíritu”.

Mediante el uso controlado de las drogas, Timothy Leary aspiraba a llevar a cabo una revolución psíquica que diera lugar a una nueva sociedad humanista. No lo consiguió, pero la psicodelia quedó relacionada para siempre con el movimiento hippie, el flower power, la liberación sexual y el rock ácido. Es la llamada contracultura, que impregnó la vida en occidente durante la década de los sesenta. Burroughs opina que “la introducción y difusión generalizada de esas antiguas sustancias alteradoras de la mente [la psilocibina] y sus equivalentes del siglo XX, como el LSD, facilitaron muchas de las libertades sociales del mundo occidental de hoy en día.”

Leary adoptó como lema de su movimiento Turn on, tune in, drop out, “Enchúfate, sintonízate y sal”, que se le ocurrió un día mientras se duchaba. Con Hofmann tuvo serias diferencias ideológicas. El viejo doctor suizo le increpaba: “Tus gilipolleces de paz y amor hacen que los jóvenes le hagan el juego al fascismo. Estás creando un grupo de mariquitas embobados, maduros para el exterminio.”

El psicodélico lema 'Turn on, tune in, drop out'.

El psicodélico lema ‘Turn on, tune in, drop out’.

La CIA había estado siempre muy interesada en las investigaciones sobre psicotrópicos, pero no con fines humanistas precisamente, sino con el objetivo de encontrar una eficaz “droga de la verdad”. La democratización del conocimiento sobre las drogas que Leary propugnaba no era bien vista.

Los experimentos del psicólogo de Harvard infundían miedo en el sistema. Las estadísticas dicen que solo una de cada mil experiencias con LSD resultan negativas, pero los medios de comunicación solo difundían los casos que respondían a lo que se llama un “mal viaje”. Las autoridades no entendían nada ni querían entenderlo y en 1963 Leary y su colega Richard Alpert fueron expulsados de la universidad. Este último se vistió una túnica, adoptó el nombre de Baba Dam Rass y se convirtió en un gurú, pero esa es otra historia.

Nuestro doctor se hizo muy popular en esa época. El grupo The Moody Blues le dedicó la canción Legend of a mind, ‘Leyenda de un alma’, cuya letra dice:

Timothy Leary’s dead.
No, no, no, no, He’s outside looking in.
Timothy Leary’s dead.
No, no, no, no, He’s outside looking in.
He’ll fly his astral plane,
Takes you trips around the bay,
Brings you back the same day,
Timothy Leary. Timothy Leary.

El uso de la droga podría haberse regulado con sentido común. La marihuana nada tiene que ver con la heroína, ni ninguna de éstas con el LSD y es evidente que cada sustancia requería su propia legislación. Pero el gobierno de Estados Unidos decidió prohibirlas todas sin discriminar sus características y posibles aplicaciones. Este error dio lugar a la aparición de un gran mercado negro de la droga, lacra que perdura hasta hoy. Existe también una teoría según la cual no se trató en absoluto de un error, sino de una estrategia deliberada para acabar radicalmente con la experimentación con psicotrópicos.

La casta política prohíbe las sustancias que expanden los estados de conciencia al tiempo que ellos mismos esnifan porquerías como la cocaína.

La persecución contra el doctor Leary comienza en 1965 en la ciudad de Laredo, al intentar cruzar la frontera de México. Los aduaneros, tras un concienzudo y poco habitual registro, encuentran restos de marihuana en el suelo de su automóvil y una cajita con la misma hierba que su hija menor de edad lleva encima y no ha tenido tiempo de ocultar. Leary se responsabiliza y el fiscal se plantea pedir para él un mínimo de diez años de cárcel, aunque está dispuesto a hacer un trato: serán indulgentes si el doctor deja de defender públicamente el uso de drogas. El objetivo está claro: utilizar a Timothy Leary para desacreditar la investigación sobre sustancias psicotrópicas en la universidad.

Él rehúsa colaborar y esta actitud lo convierte durante años en un sospechoso bajo permanente vigilancia policial. En 1968, el tristemente célebre director del FBI J. Edgar Hoover comienza una campaña de infiltración en grupos pacifistas, negros y estudiantes. El FBI ha caído en la paranoia y cree que Leary encabeza un movimiento revolucionario apoyado desde el extranjero por el comunismo internacional. Es acusado repetidas veces con distintos motivos, la mayoría con pruebas falsas, y tiene que acudir a los tribunales a defender su inocencia.

Algunos de los episodios de esta persecución resultan más bien humorísticos, como la noche que la policía prepara una redada para sorprender a Leary y sus amigos con las manos en la masa. Pero éste es avisado y cuando los agentes entran en su domicilio les encuentran fumando tabaco aromático en un narguilé, algo perfectamente legal.

En otra ocasión, la policía ofrece a un pequeño narcotraficante ser indulgente con él si coloca en el coche de Leary una bolsa con cantidad de droga suficiente para encarcelarlo de por vida. Leary, ignorando esta circunstancia, ofrece al individuo el papel de Jesucristo en una obra de teatro aficionado que iban a representar. Al terminar la función, el narco, agradecido, se baja de la cruz del Calvario y arrodillándose a los pies de Leary, le confiesa arrepentido sus malos propósitos.

Después de años de caminar por la cuerda floja librándose de ir a prisión, Leary comete el error de anunciar su candidatura para gobernador de California, contra el republicano Ronald Reagan. Elige como lema de campaña “Come together, join the party” y John Lennon escribe para él su célebre canción Come together. Su amigo Alan Watts le advirtió: “Te estás poniendo en una situación imposible. Si no consigues atención, estarás perdiendo el tiempo; y si lo haces, acabarás en la cárcel o, peor aún, de gobernador.”

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Leary, John Lennon, Yoko Ono y otros durante la grabación de “Give Peace A Chance” (foto: Wikipedia).

En efecto, en enero de 1970, después de visitar los juzgados numerosas veces, Leary es condenado a diez años de cárcel, sin derecho a fianza, a los que podrían añadirse otros diez por delitos anteriores. El juez ordena su inmediato ingreso en prisión.

Siguiendo el procedimiento habitual, es sometido a una batería de tests psicológicos. Los funcionarios de prisiones se dan cuenta de que han sido diseñados por el propio Leary (uno lleva por nombre “Test de comportamiento interpersonal de Leary”), pero hay que cumplir las normas. El doctor responde las preguntas para dar el perfil de un hombre pacífico e inofensivo. Como resultado es ingresado en la prisión de mínima seguridad de San Luis Obispo, de donde se fuga espectacularmente en septiembre de 1970, con ayuda de miembros del movimiento revolucionario Weather Underground.

Se inicia entonces un periplo por varios países del mundo, intentando encontrar asilo en alguno, pero la larga mano de la CIA obliga a Leary a ir huyendo de París a Argel, de Suiza a Afganistán, hasta ser arrestado en Kabul y deportado a Estados Unidos.

Leary se ha convertido en el enemigo público nº 1. El presidente Richard Nixon lo considera “el hombre más peligroso de Estados Unidos”. Esta vez es condenado a 95 años y encerrado en una prisión de máxima seguridad. Desde su primer internamiento hasta su puesta en libertad habría de ser huésped de trece establecimientos penitenciarios. Los últimos capítulos del libro que estamos comentando están dedicados a la descripción de los ambientes carcelarios por los que pasó el autor.

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Leary caracterizado como otro maldito, Aleister Crowley (Dibujo a pluma y acuarela de Adam Scott Miller, 2006)

El 8 de agosto de 1974 se produjo un acontecimiento que sería clave para el futuro de nuestro doctor: acosado por el escándalo Watergate, Nixon tuvo que dimitir. El partido Republicano inició así una época complicada hasta perder las elecciones de 1976. Unos meses antes, el demócrata Jerry Brown se convirtió en gobernador de California y puso en libertad al recluso Timothy Leary.

Desde entonces hasta su muerte el 31 de mayo de 1996, el doctor Leary se dedicó a escribir libros y pronunciar conferencias. En 1983 se publicó la primera edición en inglés de su autobiografía Flashbacks. Hay que decir que uno de sus biógrafos, Robert Greenfield, afirma que muchos de los episodios recogidos en este libro son pura fantasía, en particular una relación que Leary insinúa haber tenido con Marilyn Monroe.

En todo caso, LSD Flashbacks es una de las poquísimas autobiografías de 700 páginas que conozco que se lee de forma amena.

Timothy Leary dijo: “La supervivencia en el futuro se basará en el aumento de la inteligencia: ampliar el espectro de información que recibimos, mejorar nuestros modelos de análisis de estos hechos y desarrollar modos más potentes de transmitir señales actualizadas a los demás.”

leary flashbacks

Timothy Leary: LSD Flashbacks. Una autobiografía
(Ed. Alpha Decay, 2015). 704 págs.

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Alberto Ávila Salazar: Iluminada

La historia de una mujer transformada por una visión.

Alberto Ávila Salazar: Iluminada

Alberto Ávila Salazar: Iluminada (Eolas Ediciones)

Iluminada, tercera novela de Alberto Ávila Salazar, tras la exitosa Lo que dicen los dioses, cuenta la historia de una mujer, Clara, que aparece de forma intermitente en la vida de Alberto, el narrador, el cual va construyendo la vida de ella a partir de esas apariciones.

Clara, antigua compañera de clase de Alberto en la Facultad de Derecho, es una abogada que ejerce con brillantez su profesión hasta que un día, a los 34 años, sin razón alguna y de forma espontánea, se transforma en una “iluminada”, es decir, alcanza a conocer la verdad del universo. Esta experiencia solo le servirá para terminar en el psiquiatra y ser diagnosticada como enferma mental. Ella considera a Alberto como la única persona capaz de comprender algo su situación.

Como en su primera novela Todo lo que se ve, que mezclaba la narrativa con otros géneros, el autor no se conforma con contar una historia, ya que esta Iluminada tiene mucho de reflexión sobre ella misma y sobre la literatura en general. Estamos ante una metanovela, en la que el personaje de Clara se crea a sí mismo durante sus conversaciones con el narrador (identificado con el autor).

Podemos encontrar numerosos referentes en la literatura española. Por ejemplo, en Niebla, de Unamuno, el protagonista, Augusto Pérez, se presenta en casa del escritor en busca de una explicación de su propia existencia, pero no consigue sino constatar que su vida de personaje de ficción está en manos del autor que le ha creado. En Fragmentos de apocalipsis, de Gonzalo Torrente Ballester, un personaje habla con el narrador para sugerirle algunos cambios en el texto. Javier Marías publicó una ¿novela?, Negra espalda del tiempo, basada en sucesos (supuestamente reales) acontecidos alrededor de la escritura y publicación de su célebre Todas las almas.

En Iluminada el lector asiste al mismo tiempo al desarrollo de la vida de Clara y a la construcción del personaje, a la narración de una historia y a su making off, por emplear el término cinematográfico. La propia novela nos cuenta su gestación, la razón de su propia existencia, nos muestra sus entrañas de forma casi obscena, como la foto que Clara envía por Whatsapp a Alberto. Paralelamente, el escritor/narrador nos habla de su propia experiencia vital en los intervalos entre las apariciones de la chica.

Iluminada es una obra autorreferencial que nos lleva al lugar en el que nace la literatura y sin embargo, a diferencia de otras obras de las mismas características, no hay en ella complejidades intelectuales ni juegos literarios gratuitos y la novela se lee con la misma facilidad que un best-seller. Para el lector, el hecho de que Clara -con otro nombre- exista o no, es lo de menos. Es un personaje que exige al autor que le dé vida y que su historia sea contada.

Alberto Ávila Salazar se desenvuelve a las mil maravillas en el resbaladizo terreno de la experimentación y la mezcla de géneros. Hay que agradecerle ser uno de esos escritores que abre los caminos que en un futuro recorrerá la literatura. O no. El tiempo lo dirá.

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Ricardo Vigueras: No habrá Dios cuando despertemos

VIII Premio Tristana de Novela Fantástica.

Ricardo Vigueras: No habrá Dios cuando despertemos

Ricardo Vigueras: No habrá Dios cuando despertemos

En No habrá Dios cuando despertemos la narración transcurre en un aeropuerto, el Aeropuerto, tan inmenso que nadie conoce del todo su forma y dimensiones, ni siquiera los miles de burócratas que trabajan en él. Los viajeros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, personas de toda clase y condición, deambulan por sus innumerables terminales en espera de que las pantallas anuncien su vuelo, el único y definitivo vuelo que habrá de llevarles a un lugar desconocido para ellos. Algunos llevan años esperando y no están seguros de que su número clave -tatuado en su muñeca como la marca del Apocalipsis- se anuncie alguna vez en los monitores. A los que logran emprender el viaje nadie los ha vuelto a ver. Nadie ha podido ver tampoco un avión en vuelo.

En apariencia, el Aeropuerto no se diferencia mucho del mundo cotidiano: hay bares, servicios públicos, tiendas de recuerdos… pero nadie atiende los comercios, no hay camareros que te sirvan un café y al abrir el grifo no sale agua sino una risa sarcástica. Es un lugar que imita a la vida, pero no es la vida, un simulacro, un infierno hiperreal por cuyos pasillos y dependencias podríamos encontrar deambulando al mismísimo Baudrillard. Y por supuesto, a Kafka.

“Hoy nada puedo confirmar, salvo que existe un universo completo allá adentro incapaz de ser gobernado por cualquier dios o demonio por grande que sea”

Los transeúntes del Aeropuerto no duermen ni sueñan, aunque a veces tengan la sensación de que realmente han soñado porque durante un breve período han logrado asomarse a su vida pasada. Sin embargo, “en el Aeropuerto la vida cotidiana constituye el sueño”.

Como ya demostró en sus anteriores novelas, Ricardo Vigueras es un excelente constructor de universos literarios. En el caso de esta novela se trata de un inquietante aeropuerto cuya extraña configuración va descubriendo el lector mientras acompaña a Victorio y Amanda, un español y una mexicana que han resultado “elegidos”, lo que significa que ambos cuentan con un billete para embarcar en un vuelo hacia lo desconocido. Pero poseer un billete no les garantiza nada, ya que encontrar la terminal de su avión, la señalada con la letra V, no resultará tarea fácil. Junto a ellos recorremos los infinitos pasillos, las extrañas terminales y las dependencias donde flemáticos funcionarios que hablan al estilo Yoda gestionan trámites y procedimientos cuyo verdadero objetivo no descubriremos hasta el último capítulo.

Los protagonistas de esta novela se suman a la larga lista de visitantes del inframundo que la Literatura nos ha dado. Victorio es un Ulises de ultratumba tratando de llegar a una Itaca cuya existencia conoce solo por las referencias de los funcionarios. En lugar de cíclopes o sirenas, el héroe se enfrenta a burócratas diabólicos que, aunque en teoría tengan la misión de ayudarlo, retrasan su partida o incluso tratan de impedirle abordar el avión. Como en la Odisea, el viaje interior va paralelo al exterior y como Ulises en la isla de los lotófagos, Victorio se repite una y otra vez que “lo importante es no olvidar”. En cambio a Amanda le corresponde más bien el papel de la Eurídice de Orfeo, aunque con una vuelta de tuerca que nos sorprenderá al final de la novela. La relación de esta pareja de almas errantes es muy poco convencional y es uno de los puntos fuertes de la novela ¿Cabe el amor en el Aeropuerto?.

No habrá Dios cuando despertemos podría interpretarse también como un manual de instrucciones para no perderse en el Aeropuerto, como el Bardo Todol, el libro de los muertos tibetano, pero adaptado a nuestros tiempos y mucho más ameno.

Estamos frente a una de esas obras que enganchan, pero no solo por la intriga de saber cuál será el destino de la pareja protagonista, sino también porque a lo largo de sus páginas el lector va descubriendo un mundo insólito, el Aeropuerto, perfectamente retratado por la prosa sencilla y brillante de un autor que maneja hábilmente el tiempo y el espacio, introduciendo algunos flashbacks que no interrumpen el hilo de una narración salpicada de detalles de humor.

Ricardo Vigueras es un escritor murciano residente en Ciudad Juárez, por lo que no sorprende que No habrá Dios cuando despertemos sea una novela a la vez mexicana y española, como sus dos protagonistas, Amanda y Victorio.

La muerte tiene una consideración muy especial en la cultura de México, incluso desde época precolombina. Se ha dicho que los mexicanos conviven con los muertos de la forma más natural. En alguna región del país azteca es costumbre instalar “altares de muerto” que sirven para dar la bienvenida a los difuntos que de cuando en cuando llegan de visita desde el Aeropuerto, digo desde el Más Allá.

El carácter español de la novela le viene dado, claro está, por la burocracia. En un Aeropuerto probablemente inspirado en la T4 del Adolfo-Suárez-Madrid-Barajas, los protagonistas se pierden en las instalaciones o son desorientados una y otra vez por los infernales trámites. Y es que de los burócratas no te libras ni en el Otro Mundo.

No habrá Dios cuando despertemos es una distopía de ultratumba destinada a convertirse en un clásico de la literatura fantástica.

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