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Agustín de Rojas Villandrando, el escritor pendenciero

La vida de Agustín de Rojas Villandrando (Madrid, 1572 – Paredes de Nava, Palencia, entre 1618 y 1635) constituye, por sí sola, una novela rica en aventuras, lances, desatinos y amoríos. Con la espada en una mano y el talego en la otra, se pavoneó con aires de perdonavidas a lo largo de España, escribiendo y representando comedias, reclamando fueros y títulos y enredándose en duelos, de los que siempre salió bien parado. Pocas novelas de acción tendrán un protagonista tan aventurero, audaz e ingenioso como este escritor. Suponiendo, claro, que las andanzas que narra en algunas de sus obras autobiográficas, como El viaje entretenido (1603) y El buen repúblico (1611), sean ciertas y no producto de su imaginación.

Fue hijo de Diego de Villadiego y de Luisa de Rojas. Siendo muy niño, su padre dejó a su madre y marchó a Italia. A la temprana edad de catorce años Agustín se alistó en el ejército y partió a Bretaña, para participar en la contienda que por aquel entonces libraba Felipe II, en apoyo de la Liga Católica francesa, contra Enrique IV. Cayó prisionero y permaneció dos años cautivo en La Rochelle. Después de ser liberado, ejerció de corsario contra la armada inglesa. En 1594 regresó a España.

Años más tarde, en Málaga, protagonizó un curioso episodio: por motivos triviales riñó con otro individuo, a quien desafío a duelo sin más. Cruzaron los aceros y don Agustín fue el más diestro: su contrincante cayó, atravesado el pecho de una certera estocada. Pronto acudieron los corchetes -como eran llamados los agentes de policía de la época- que rodearon al escritor con ánimo de llevarlo ante la justicia. Rojas huyó y buscó asilo en la iglesia de San Juan. Pero, al verse cercado, decidió entregarse al cabo de dos días de asedio. Gracias a las gestiones de una mujer que se enamoró de él, obtuvo el perdón a cambio de los únicos trescientos ducados que poseía. Al salir libre, la mujer se convirtió en su amante y tuvo que mantenerla.

Iglesia de San Juan, Málaga
Iglesia de San Juan, Málaga. Foto: futuropasado.com

Frecuentó la compañía de cómicos y con ellos iba por ahí escribiendo y representando comedias. Vivió en varias ciudades de España. En Granada, al prohibirse las comedias entre 1598 y 1600, tuvo que abrir una mercería para ganarse la vida.

Pocos en Sevilla ignoraban la presencia del “caballero del milagro”, mote que le habían puesto quienes en vano trataron de averiguar sus medios de vida y verificar sus andanzas. Don Agustín ejerció el oficio de “negro literario” de forma peculiar, ya que escribía por las noches sermones para los clérigos, a cambio de comida. Durante el día se le solía ver en las callejas, sucio y desarrapado, pidiendo limosna.

Se casó con Ana de Arceo, en Valladolid, en 1603, lo que mejoró su situación económica. Los últimos años de su vida dedicó su esfuerzo a tratar de que se reconociera su origen noble, lo que al parecer no consiguió. Aunque a ciencia cierta no se conoce la fecha de su muerte, Rojas debió de expirar en Paredes de Nava. Se sabe, por unos documentos, que en 1618 aún vivía y que en 1635 Ana de Arceo ya era viuda.

Escribió El buen repúblico, farsa de gobernantes, administradores y augures, que le valió ser amonestado por la Inquisición, que prohibió la obra, su lectura y circulación, debido a su excesiva credulidad en la astrología.

Mejor suerte tuvo con El viaje entretenido (1603), narración novelesca y dialogada con abundantes anécdotas y noticias teatrales. Fue una obra muy popular, que inspiró al francés Paul Scarron Le roman comique y al poeta del parnasianismo Téophile Gautier su novela El capitán Fracaso. Uno de los cuentos del Viaje entretenido, Soñar despierto, deriva de Las mil y una noches que inspira, a su vez, la única comedia conocida del propio Rojas: El natural desdichado.

Agustín de Rojas Villandrando. El viaje entretenido.
El viaje entretenido.

En El viaje entretenido, Rojas nos describe de forma humorística los ocho tipos de compañías teatrales que hay en el mundo de la farándula:

“Habéis de saber que hay bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía. El bululú es un representante solo, que camina a pie y pasa su camino, y entra en el pueblo, habla al cura y dícele que sabe una comedia y alguna loa: que junte al barbero y sacristán y se la dirá porque le den alguna cosa para pasar adelante. Júntanse éstos y él súbese sobre un arca y va diciendo: «agora sale la dama» y dice esto y esto; y va representando, y el cura pidiendo limosna en un sombrero, y junta cuatro o cinco cuartos, algún pedazo de pan y escudilla de caldo que le da el cura, y con esto sigue su estrella y prosigue su camino hasta que halla remedio.

Ñaque es dos hombres (que es lo que Ríos decía agora ha poco de entrambos); éstos hacen un entremés, algún poco de un auto, dicen unas octavas, dos o tres loas, llevan una barba de zamarro, tocan el tamborino Y cobran a ochavo y en esotros reinos a dinerillo (que es lo que hacíamos yo y Ríos); viven contentos, duermen vestidos, caminan desnudos, comen hambrientos y espúlganse el verano entre los trigos y en el invierno no sienten con el frío los piojos.

Gangarilla es compañía más gruesa; ya van aquí tres o cuatro hombres, uno que sabe tocar una locura; llevan un muchacho que hace la dama, hacen el auto de La oveja perdida, tienen barba y cabellera, buscan saya y toca prestada (y algunas veces se olvidan de volverla), hacen dos entremeses de bobo, cobran a cuarto, pedazo de pan, huevo y sardina y todo género de zarandaja (que se echa en una talega); éstos comen asado, duermen en el suelo, beben su trago de vino, caminan a menudo, representan en cualquier cortijo y traen siempre los brazos cruzados.”

[…]

“Cambaleo es una mujer que canta y cinco hombres que lloran; éstos traen una comedia, dos autos, tres o cuatro entremeses, un lío de ropa que le puede llevar una araña; llevan a ratos a la mujer a cuestas y otras en silla de manos; representan en los cortijos por hogaza de pan, racimo de uvas y olla de berzas; cobran en los pueblos a seis maravedís, pedazo de longaniza, cerro de lino y todo lo demás que viene aventurero (sin que se deseche ripio); están en los lugares cuatro o seis días, alquilan para la mujer una cama y el que tiene amistad con la huéspeda dale un costal de paja, una manta y duerme en la cocina, y en el invierno el pajar es su habitación eterna. Éstos, a mediodía, comen su olla de vaca y cada uno seis escudillas de caldo; siéntanse todos a una mesa y otras veces sobre la cama. Reparte la mujer la comida, dales el pan por tasa, el vino aguado y por medida, y cada uno se limpia donde halla: porque entre todos tienen una servilleta o los manteles están tan desviados que no alcanzan a la mesa con diez dedos.

Compañía de garnacha son cinco o seis hombres, una mujer que hace la dama primera y un muchacho la segunda; llevan un arca con dos sayos, una ropa, tres pellicos, barbas y cabelleras y algún vestido de la mujer, de tiritaña. Éstos llevan cuatro comedias, tres autos y otros tantos entremeses; el arca en un pollino, la mujer a las ancas gruñendo, y todos los compañeros detrás arreando. Están ocho días en un pueblo, duermen en una cama cuatro, comen olla de vaca y carnero, y algunas noches su menudo muy bien aderezado. Tienen el vino por adarmes, la carne por onzas, el pan por libras y la hambre por arrobas. Hacen particulares a gallina asada, liebre cocida, cuatro reales en la bolsa, dos azumbres de vino en casa y a doce reales una fiesta con otra.

En la bojiganga, van dos mujeres y un muchacho, seis o siete compañeros, y aun suelen ganar muy buenos disgustos, porque nunca falta un hombre necio, un bravo, un mal sufrido, un porfiado, un tierno, un celoso ni un enamorado: y habiendo cualquiera de éstos, no pueden andar seguros, vivir contentos, ni aun tener muchos ducados. Éstos traen seis comedias, tres o cuatro autos, cinco entremeses, dos arcas, una con hato de la comedia y otra de las mujeres. Alquilan cuatro jumentos, uno para las arcas y dos para las hembras, y otro para remudar los compañeros a cuarto de legua (conforme hiciere cada uno la figura y fuere de provecho en la chacota). Suelen traer, entre siete, dos capas, y con éstas van entrando de dos en dos, como frailes. Y sucede muchas veces, llevándosela el mozo, dejarlos a todos en cuerpo. Éstos comen bien, duermen todos en cuatro camas, representan de noche, y las fiestas de día, cenan las más veces ensalada, porque como acaban tarde la comedia, hallan siempre la cena fría. Son grandes hombres de dormir de camino debajo de las chimeneas, por si acaso están entapizadas de morcillas, solomos y longanizas, gozar de ellas con los ojos, tocarlas con las manos y convidar a los amigos, ciñéndose las longanizas al cuerpo, las morcillas al muslo y los solomos, pies de puerco, gallinas y otras menudencias en unos hoyos en los corrales o caballerizas; y si es en ventas en el campo (que es lo más seguro), poniendo su seña para conocer dónde queda enterrado el tal difunto. Este género de bojiganga es peligrosa, porque hay entre ellos más mudanzas que en la luna y más peligros que en frontera (y esto es si no tienen cabeza que los rija).

Farándula es víspera de compañía; traen tres mujeres, ocho y diez comedias, dos arcas de hato; caminan en mulos de arrieros y otras veces en carros, entran en buenos pueblos, comen apartados, tienen buenos vestidos, hacen fiestas de Corpus a doscientos ducados, viven contentos (digo los que no son enamorados). Traen unos plumas en los sombreros, otros veletas en los cascos, y otros en los pies, el mesón de Cristo con todos. Hay Laumedones de «ojos, decídselo vos», que se enamoran por debajo de las faldas de los sombreros, haciendo señas con las manos y visajes con los rostros, torciéndose los mostachos, dando la mano en el aprieto, la capa en el camino, el regalo en el pueblo, y sin hablar palabra en todo el año.

En las compañías hay todo género de gusarapas y baratijas: entrevan cualquiera costura, saben de mucha cortesía; hay gente muy discreta, hombres muy estimados, personas bien nacidas y aun mujeres muy honradas (que donde hay mucho, es fuerza que haya de todo), traen cincuenta comedias, trescientas arrobas de hato, diez y seis personas que representan, treinta que comen, uno que cobra y Dios sabe el que hurta. Unos piden mulas, otros coches, otros literas, otros palafrenes, y ningunos hay que se contenten con carros, porque dicen que tienen malos estómagos. Sobre esto suele haber muchos disgustos. Son sus trabajos excesivos, por ser los estudios tantos, los ensayos tan continuos y los gustos tan diversos, aunque de esto Ríos y Ramírez saben harto, y así es mejor dejarlo en silencio, que a fe que pudiera decir mucho.”

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