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Las ingenieras civiles

Mujeres pioneras en el mundo de la ingeniería civil.

Corría el año 1890 cuando un ingeniero de ventas de Westinghouse llamó al laboratorio de su empresa para hacer una consulta de tipo técnico. Una voz femenina le respondió al otro lado del teléfono. El hombre preguntó por el ingeniero jefe y la mujer respondió: “No está ahora, tal vez yo pueda ayudarle”. El ingeniero de ventas pensó que quizás si explicaba de forma sencilla el problema a aquella secretaria -ya que una mujer en un laboratorio de ingeniería solo podía ser una secretaria- ella podría trasmitírselo a su jefe. Pero según iba planteando cuestiones, la mujer iba haciéndole preguntas técnicas cada vez más complejas y al final le dio la solución adecuada al problema. Nada más colgar el teléfono, el hombre se dirigió al laboratorio para conocer en persona a la secretaria que tenía tan elevado nivel de conocimientos técnicos. Y se encontró con Bertha Lamme, una de las primeras graduadas en ingeniería mecánica y eléctrica por la Universidad de Ohio.

Si se preguntara a la gente qué profesiones consideran más típicamente masculinas, una de las que aparecería, junto a la de militar, sería la de ingeniero de caminos, canales y puertos, o según la denominación más extendida en el ámbito internacional, ingeniero civil.

Según Susan Ambrose, la tradicional ausencia de mujeres en el mundo de la ingeniería se debe a su origen militar. El nacimiento de la ingeniería civil como disciplina separada de la ingeniería militar puede establecerse con la creación de la ENPC (École Nationale des Ponts et Chaussées) por Daniel-Charles Trudaine en Francia en 1747. En España, Agustín de Betancourt creó la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid en 1802. Desde ese mismo año en Estados Unidos existía la célebre Academia Militar de West Point, que comenzó a formar también ingenieros civiles hacia 1819. En 1824 se creó en Nueva York el Rensselaer Polytechnic Institute, que imparte ingeniería civil desde 1828. Todas estas instituciones eran exclusivas para hombres. A lo largo del siglo XIX la mayor parte de las escasas mujeres que se dedicaron a las diferentes ramas de la ingeniería tenían titulaciones en ciencias o matemáticas.

No es fácil determinar quién debe ser considerada la primera ingeniera civil de la historia, debido ante todo a las diferentes titulaciones que existían y existen en cada país; en segundo lugar a que bastantes de las pioneras que obtuvieron el grado apenas ejercieron la profesión o no lo hicieron en absoluto; y en tercer lugar a que algunas de las que sí ejercieron competencias propias de la ingeniería civil no poseían ningún título.

Elizabeth Bragg (1858-1929) se graduó en la Universidad de Berkley en 1876 y parece ser la primera mujer en hacerlo en todo el mundo. Sin embargo, no hay constancia de que ejerciera la profesión. En 1892 la siguió, en la Universidad de Iowa, Elmina Wilson (1870-1918), que obtuvo el máster dos años más tarde. Ese mismo año de 1894 su hermana Alda obtenía el grado. Elmina fue pionera en impartir clases de ingeniería estructural. Las hermanas Wilson fueron las primeras mujeres tituladas en ejercer la profesión de ingeniero civil en Estados Unidos y probablemente en el mundo.

Mientras estaba en la universidad, Elmina trabajó durante el verano para empresas de arquitectura e ingeniería en Chicago. Colaboró con el ingeniero Anson Marston en la construcción de la estructura para un depósito elevado de agua de 168 pies de altura en Ames (Iowa), la primera torre de acero erigida al oeste del Mississippi, incluida hoy en el Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos. Después trabajó como estructurista para la empresa Purdy & Henderson y a continuación se trasladó a Nueva York donde se dedicó a los rascacielos. Entre los edificios notables en que Wilson trabajó está el histórico Flatiron en Manhattan y el Met Life Tower. Fue una activista de los derechos de las mujeres y presidenta del Club de Sufragistas de Manhattan. Murió dos años antes de que las norteamericanas obtuvieran por ley su derecho al voto.

Algunas de las primeras mujeres en ejercer la ingeniería no eran tituladas. Un caso notable es la inglesa Sarah Guppy (1770-1852) de Birmingham, que en 1811 inventó un método de ejecución de pilares para puentes. Dado que entonces las mujeres no podían tener propiedades, tuvo que patentarlo también a nombre de su marido. El célebre ingeniero escocés Thomas Telford le pidió permiso para usar su diseño en la cimentación de puentes colgantes y ella se lo concedió de forma gratuita. Ofreció asesoramiento técnico entre otros al Great Western Railway. En 1841 sugirió estabilizar taludes mediante plantaciones, técnica habitual hoy. Patentó una decena de inventos más, incluyendo un gimnasio casero y un aparato para hacer el desayuno que preparaba al mismo tiempo el huevo, la tostada y el té. Escribió dos libros, Mrs Guppy’s Dialogues for Children y The Cottagers and Labourors’ Friend, y dedicó los beneficios de su venta a obras de caridad.

Otra ingeniera sin título universitario fue Emily Warren Roebling (1843-1903), nuera de John Roebling, ingeniero que proyectó el puente de Brooklyn. Tras casarse con el hijo de éste, Washington, pasó sus primeros años de matrimonio colaborando con su esposo y su suegro en la construcción del puente sobre el río Ohio en Cincinnati.

En junio de 1869, mientras trabajaba a pie de obra, John Roebling sufrió un accidente, a consecuencia del que falleció días después. Su hijo Washington se hizo cargo de la dirección de la obra. Una de las aportaciones de Washington fue el proyecto y ejecución de dos grandes cajones o pozos de cimentación para los pilares del puente. En aquella época se desconocían los efectos de la presión en la profundidad bajo el agua. Varios obreros que trabajaban en el fondo de los pozos enfermaron y el propio Washington tuvo que abandonar las obras en junio de 1872, aquejado de lo que hoy se llama síndrome de descompresión. Mentalmente afectado, fue incapaz de regresar a cumplir su deber, se negaba a ver a nadie que no fuese su esposa y le diagnosticaron neurastenia. Para colmo de males terminó adicto a la morfina que le habían recetado. Se propuso terminar el puente dirigiendo la construcción sin salir de su casa. Y aquí es donde entra en juego su esposa Emily, que tenía una buena formación matemática y no le faltaba experiencia.

Emily Warren Roebling
Emily Warren Roebling. Retrato por Carolus-Duran, Paris, 1896.

Emily empezó a dirigir en persona las obras, siguiendo las instrucciones detalladas que le daba su marido. Diariamente reportaba a Washington las novedades, daba órdenes a los trabajadores y se encargaba de negociar con los proveedores de material. Tuvo que hacer uso de sus mejores dotes diplomáticas para evitar que las autoridades cesaran a su esposo. Terminó por dominar el oficio, tomando la iniciativa en muchas ocasiones y llevando a buen fin la construcción. El puente de Brooklyn se terminó en 1883 y Emily Roebling disfrutó el merecido honor de ser la primera persona en cruzarlo a bordo de un carricoche. El alcalde de Nueva York, en el discurso de inauguración, citó su nombre reconociendo sus méritos. En los años siguientes Emily tuvo ocasión de alternar con personajes importantes del mundo de la política, como Ferdinand de Lesseps, impulsor del Canal de Suez, y asistió de invitada a la coronación del Zar de Rusia. Falleció en 1903 a los 59 años, mientras su esposo, con todos sus problemas de salud, viviría hasta los 89.

Aunque Ellen Swallow Richards (1842-1911) fue graduada en Ciencias Químicas, tiene cabida en este artículo porque ejerció, entre otras especialidades, la ingeniería sanitaria, y porque es considerada, debido a su forma de pensar sobre las cuestiones ambientales, una precursora de la Ecología. Fue la primera mujer admitida en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) tras largos debates y una votación por parte de las autoridades académicas, que hicieron constar en acta lo siguiente: “Debe entenderse que su admisión no establece un precedente para la admisión de mujeres”. En 1873 obtuvo el grado, pero el MIT le negó la posibilidad de acceder al doctorado. Entre 1873 y 1878 dio clases en el MIT sin percibir salario.

Ellen Swallow Richards fue la primera en aplicar una visión global a los problemas de higiene personal y ambiental y de nutrición, de abordarlos con lo que hoy llamaríamos una mentalidad holística. Fue una de las primeras científicas en considerar el medio en que habita el ser humano como un sistema. Comprendió la importancia de evaluar la calidad de elementos como el agua y el aire. Comenzó realizando análisis químicos del agua y luego pasó a los minerales, bajo la dirección del profesor Robert H. Richards, con el que más tarde se casaría. A diferencia de otras ingenieras de la época, Ellen siempre contó en su trabajo con el apoyo de su esposo.

Interesada en la formación de la mujer, creó en el MIT el Laboratorio de las Mujeres. Sin embargo, su postura era lo que hoy llamaríamos conservadora, ya que pensaba que la mujer debía estar en el hogar y por consiguiente orientó sus estudios a la mejora de las condiciones domésticas. Remodeló su propia casa para hacerla más eficiente desde el punto de vista ambiental. Entre otras medidas, sustituyó las viejas tuberías por otras con menos pérdidas, rediseñó el calentador de agua para que consumiera menos combustible e instaló un sistema de ventilación y circulación del aire en el interior. Ideas que hoy son aplicadas de forma habitual, pero que a principios del siglo XX eran novedosas y, probablemente, incomprendidas.

La biología no era en esa época una disciplina aceptada dentro de las ciencias aplicadas. Durante una conferencia en Boston en 1892, propuso una nueva ciencia más globalizadora a la que bautizó oekology (en 1869 el alemán Ernst Haeckel había acuñado el término ökologie). El concepto tardaría muchos años en ser aceptado.

Publicó quince libros y numerosos artículos. En 1907 escribió lo siguiente: “Uno de los más serios problemas de la civilización es el agua limpia y el aire limpio, no solo para nosotros, sino para el planeta”. Afirmación que un siglo más tarde sigue teniendo, lamentablemente, plena vigencia.

Otra pionera digna de mención debido al trabajo que realizó es Olive Dennis (1885-1957). Graduada en Cornell, se especializó en estructuras y se incorporó al departamento de puentes de la Compañía de Ferrocarriles de Baltimore y Ohio. Enterado el presidente de que tenía una ingeniera en la empresa, le encargó estudiar el sistema de transporte en ferrocarril desde el punto de vista de una mujer, ya que la mitad de los pasajeros de los trenes lo eran. Dennis propuso cambios en el diseño de los coches, en cuanto a climatización, iluminación, ergonomía, etc, así como en las operaciones de conservación y mantenimiento para hacerlos más higiénicos. Estamos, por tanto, ante uno de los primeros análisis de un modo de transporte desde lo que hoy se llama “perspectiva de género”.

Elsie Eaves (1898-1983)
Elsie Eaves (1898-1983)

Durante muchos años a estas mujeres se les negó la entrada a las asociaciones profesionales de ingenieros de sus países, a pesar de tener la titulación y la experiencia profesional requerida.

En Estados Unidos, la primera ingeniera en ser miembro senior (fellow) de ASCE (American Society of Civil Engineers) fue en 1927 Elsie Eaves (1898-1983), graduada en 1920 por la Universidad de Colorado, en la que más adelante impartió clase de matemáticas. Desarrolló una larga e intensa carrera que se inició en el Departamento de Carreteras de Denver y en la Compañía de Ferrocarriles de Denver y Río Grande. En 1926 comenzó a trabajar para el Departamento de Ingeniería de McGraw-Hill en Nueva York. Eaves tenía talento para escribir y dejó una buena producción de textos sobre ingeniería. Se dice que su artículo Wanted: Women Engineers despertó muchas vocaciones entre las mujeres. A lo largo de su vida recibió numerosos honores y condecoraciones.

Probablemente que Elsie Eaves fuese admitida como fellow en ASCE se lo deba en parte a una colega suya, Nora Stanton Blatch (1883-1971), ingeniera y feminista. Blatch, hija y nieta de sufragistas, declaró haber elegido estudiar ingeniería civil por ser la profesión más masculina que pudo encontrar. Nacida en Inglaterra, estudió en Nueva York y se trasladó a vivir a Estados Unidos en 1902. En 1905 obtuvo el grado en ingeniería civil en la Universidad de Cornell. Se casó con Lee de Forest, inventor del triodo, y trabajó con su marido en el novedoso campo de la radio. En 1908, la pareja recién casada viajó a París e instaló un transmisor de telefonía en lo alto de la Torre Eiffel. En 1911, tras el nacimiento de su hija, se divorciaron. De Forest explicó a unos periodistas que “su catástrofe matrimonial se debió al hecho de que su esposa había persistido en seguir su carrera como ingeniero hidráulico y activista después del nacimiento de su hija”. Ella continuó ejerciendo su profesión principalmente en Nueva York.

Nora Stanton Blatch había sido la primera ingeniera aceptada como miembro junior de ASCE en 1906 (quizás por ello figura en varios lugares de manera errónea como la primera ingeniera civil del mundo). En 1916 solicitó su adscripción como miembro senior. A pesar de tener sobrados méritos académicos y profesionales le fue denegada por su condición de mujer. Blatch llevó el asunto a los tribunales y sorprendentemente perdió. Sin embargo, no cabe duda de que su actitud reivindicativa abriría el camino para las futuras ingenieras, ya que en 1949 se contaban unas cincuenta mujeres en ASCE. En 2004 Patricia Galloway fue la primera presidenta de esa institución. No obstante el porcentaje de mujeres afiliadas en la actualidad es solo del 14%. En 2015, ASCE corrigió su histórico error y nombró a Nora Stanton Blatch miembro de pleno derecho (fellow) a título póstumo. Su hija Rhoda Barney Jenkins (1920-2007), nacida de su segundo matrimonio, fue también ingeniera civil y arquitecta.

Nora Stanton Blatch
Nora Stanton Blatch. Foto: National Photo Company Collection. Library of Congress, Washington, D.C.

A principios del siglo XX había dos posturas en lo que respecta a la relación de las mujeres con las profesiones técnicas tradicionalmente masculinas. La de la ingeniera industrial Lillian Gilbreth (1878-1972) consistía en imitar el papel de los hombres, aplicando una estrategia basada en el lema “trabajo duro, confianza en una misma y estoicismo”. Tomaban una “identidad prestada” de sus padres, hermanos o esposos ingenieros. Nora Stanton Blatch, por el contrario, buscaba para las ingenieras otro modelo basado en el feminismo. Sin embargo, las relaciones entre el feminismo y la ingeniería eran casi inexistentes en Estados Unidos, a diferencia de otros países como Inglaterra. La mayor parte de las ingenieras norteamericanas de la época preferían seguir el modelo de Lillian Gilbreth y en la práctica no existieron como colectivo.

Mientras tanto en Europa, la irlandesa Alice Perry (1885-1969) se graduó en la Royal University of Ireland de Galway, en 1906. Comenzó estudiando arte, pero su capacidad para las matemáticas la llevó a la ingeniería civil. Ocupó el cargo de Ingeniero del Condado de Galway y fue inspectora del Home Office de Londres. Tras abandonar tempranamente la profesión en 1921 se dedicó a la literatura y publicó media docena de libros de poesía.

Durante la Primera Guerra Mundial muchas británicas trabajaron en fábricas de armamento y munición. Al terminar la contienda, la mayor parte regresó a sus tareas domésticas, pero la aprobación del Sex Disqualification (Removal) Act, ley que eliminaba la discriminación profesional por razón de sexo, cambió el panorama para muchas profesionales. Las británicas crearon la Women’s Engineering Society, cuya primera presidenta fue la ingeniera mecánica Rachel Parsons (1885–1956).

La escocesa Dorothy Donaldson Buchanan (1899-1985) fue la primera en entrar en ICE (Institution of Civil Engineers) tras aprobar el examen de ingreso en 1927. Había obtenido el título en la Universidad de Edimburgo. Intervino en el diseño del puente de la Bahía de Sidney, en el Tyne Bridge y en otros puentes y presas de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Sin embargo en ICE no habría una miembro fellow hasta 1957 con Mary Fergusson (1914-1997). En 2008 Jean Venables se convertiría en la primera presidenta de la institución.

En la Europa continental, la portuguesa Rita de Moraes Sarmento (1872-1931) ingresó con 15 años en el primer curso de Ingenieros de Caminos de Obras Públicas en la Academia Politécnica de Oporto y en 1896 obtuvo el título, pero nunca ejerció ya que dos años después decidió casarse. Así, la primera en ejercer la profesión parece ser Maria Amélia Ferreira Chaves, que obtuvo el título en Lisboa en 1937. Inició su carrera en el Ayuntamiento de la capital portuguesa y trabajó en la construcción. Como anécdota curiosa, cabe decir que mandó confeccionar una falda-pantalón, diseñada por ella misma, para poder moverse por los andamios sin restricciones.

La italiana Emma Strada (1884-1970) se graduó en 1908 en la Politécnica de Turín, provocando el primer debate acerca de la denominación de su título: ingegnere o ingegneressa (parece que en Italia se decantan por ingegnere, aunque el debate sigue abierto. Asimismo en España no hay unanimidad entre las propias mujeres con titulación de ingeniería acerca de si deben llamarse ingenieros o ingenieras. Personalmente, creo que la palabra ingeniero tiene un femenino y por ello en este artículo utilizo habitualmente la palabra ingeniera). Proyectó acueductos, funiculares y tranvías. En 1957, fundó la AIDIA (Associazione Italiana di Donne Ingegnere e Architetto).

La rumana Elisa Leonida Zamfirescu (1887-1973) fue rechazada en la Escuela de Puentes y Caminos de Bucarest a causa de su sexo, de modo que se dirigió a estudiar a la Real Academia Técnica de Berlín, donde se graduó en 1912. Trabajó en el Instituto Geológico de Rumanía.

Poca información hay sobre Rusia. Se sabe que una tal Nadezda Smeckaja inició en 1871 estudios de ingeniería mecánica en la ETH de Zurich, pero parece que no se graduó. Luego tenemos algunos datos de la época soviética, como que en la década de los 80, el 58% de los ingenieros eran mujeres. En la Rusia actual la cifra ha bajado hasta el 40%, que es el mismo porcentaje que el de la China contemporánea.

Los dos países europeos que más tardíamente han incorporado a la mujer al mundo de la ingeniería civil han sido Francia y España. En marzo de 1931, la Escuela de Minas de París recibió la primera solicitud de una mujer que quería participar en las pruebas de acceso. Tras estudiar y discutir la petición fue denegada por el consejo de dirección por 9 votos contra 2. Marie-France Clugnet fue la primera en egresar de la École des Ponts et Chaussées en la promoción de 1962. Especialista en puentes y carreteras tiene una larga carrera en la Administración. Es Caballero de la Legión de Honor, Oficial de la Orden Nacional del Mérito y Caballero de la Orden de las Palmas Académicas.

La primera mujer que ejerció la profesión de ingeniero de caminos en España había obtenido el título en Rusia. Se llamaba Araceli Sánchez Urquijo y era una “niña de la guerra”, como eran denominadas las menores que fueron evacuadas de España a Rusia durante la Guerra Civil. Había obtenido el título en el Instituto Energético de la Escuela Superior de Ingenieros de Moscú y regresó a España en 1956.

En el libro Y además el frío, Romualdo Pérez Sánchez nos cuenta que “Araceli Sánchez Urquijo tenía treinta y cuatro años cuando desembarcó en Valencia deseosa de llegar cuanto antes a Baracaldo y ver a sus padres y hermanos a los que casi no recordaba. Había estudiado en la Escuela Superior de Ingenieros de Moscú y, a pesar de su juventud, ya tenía experiencia en la construcción de centrales hidráulicas por sus trabajos en Asia Central. En España no había ingenieras de caminos, por lo que, como pionera que era, se encontró con muchos obstáculos que vencer. En la empresa Isolux fue nombrada responsable del departamento de proyectos y realizó una gran carrera profesional. Se jubiló en 1987.”

Muchos obstáculos, en efecto, como el día que se dirigió a Isolux para realizar una entrevista de trabajo y el portero no la dejó pasar ya que, según le dijo, “Las mujeres de la limpieza sólo pueden entrar a la fábrica cuando hayan salido los obreros”. Sin embargo pasó, realizó las pruebas y consiguió el puesto de trabajo. A sus rivales masculinos no les sentó bien. Según cuenta ella misma: “Se montó una gordísima. Los ingenieros que competían conmigo no quisieron aceptar el resultado. Me insultaron groseramente, me denunciaron a la Dirección General de Seguridad por comunista y solicitaron que fuera expulsada de España”. Pero en lugar de eso, la nombraron responsable del departamento de proyectos y al cabo del tiempo llegó a estar al mando de más de 150 profesionales (El País, 4-2-1999).

La primera titulada en una universidad de España es María del Carmen de Andrés Conde, de la promoción de 1973 de la Escuela de Caminos de Madrid. Pocos meses después la siguió Françoise La Rotta González. En la actualidad las ingenieras de caminos o civiles colegiadas son un 16% del total de colegiados.

En cuanto a Latinoamérica, encontramos que la argentina Elisa Bachofen (? -1976) se graduó en 1917 en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Desde 1853 la Constitución Argentina garantizaba la plena igualdad de derechos para ambos sexos. Bachofen desarrolló su carrera profesional en la Dirección de Puentes y Caminos (posteriormente Dirección Nacional de Vialidad). Socialista y feminista, abandonó su país tras el golpe de estado de 1955, residió en Estados Unidos y regresó de nuevo a Argentina.

La chilena Justicia Espada Acuña Mena de Gajardo (1893-1980) ingresó en la Universidad en 1913 y se tituló en 1919. Trabajó para la Empresa de Ferrocarriles del Estado como calculista en el Departamento de Vías y Obras.

La uruguaya Juana Pereyra (1897-1976) se graduó de Ingeniera de Puentes y Caminos, en el año 1920, en la Facultad de Ingeniería conjuntamente con Emilia Loedel Palumbo. Sus actividades profesionales, se desarrollaron en la Dirección de Vialidad del Ministerio de Obras Públicas. Proyectó estructuras de puentes.

En Perú, Mary Doris Clark ingresó en la Escuela de Ingenieros en 1924 y se graduó en 1929.

En México, Concepción Mendizábal obtuvo el título de ingeniera civil en 1930 con la tesis: “Proyecto de una torre elevada de concreto armado para 300 m3 de agua, de 20 metros de alto con un mirador en la parte superior”. Antes había realizado la carrera de Ingeniero Topógrafo.

La primera mujer que se graduó de ingeniera civil en Venezuela en 1944 es Elena Quiroba.

El 5 de mayo de 2014 los diarios de Colombia publicaron el obituario de Sonny Jiménez de Tejada (1922-2014), primera titulada en Ingeniería Civil y de Minas en 1946, año en que las mujeres aún no tenían derecho al voto. Fue Master of Science in Civil Engineering, del Carnegie Institute of Technology (Pittsburgh, Estados Unidos) en 1948 y en Planeación Física Urbana de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín en 1976.

Natalia Sryvalin de Stanichevsky (1924-2013) fue la primera graduada en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), en el año 1952. Era de origen ruso y llegó a Paraguay con sus padres en 1925. Fundó cuatro empresas constructoras. Algunas de sus obras son el edificio del Hotel y Mall Excelsior en Asunción y la iglesia de San Nicolás en Lambaré.

En Cuba las primeras ingenieras civiles salieron en la promoción de 1967 y fueron destinadas a trabajar al sector del transporte.

En términos generales, la irrupción de mujeres en las escuelas de ingeniería de todo el mundo no se produjo hasta la década de los 70 del siglo XX, tras los movimientos de liberación de la mujer de la década anterior. Y su progresiva incorporación al mundo del trabajo produjo algunas consecuencias curiosas y también reacciones airadas. Mientras algunas empresas añadieron a sus imágenes publicitarias la figura de la mujer como profesional de la tecnología, otras crearon departamentos separados para hombres y mujeres.

En 1955, el decano de ingeniería de la Universidad de Pennsylvania escribió un artículo en el que aseguraba que las mujeres no estaban hechas para la ingeniería por carecer de las capacidades básicas y que no tenía sentido perder el tiempo en enseñarlas: “La aspiración principal de muchas mujeres es casarse y formar una familia … Pocas empresas están dispuestas a arriesgar diez mil dólares en contratar a una hermosa rubia ingeniera, no importa lo buena que sea en matemáticas”.

Aún en 1965, algunos profesores y estudiantes del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) consideraban a sus compañeras “incompetentes, antinaturales e intrusas”. En los años 70, la actitud hacia las mujeres ingenieras había cambiado, de forma que en Estados Unidos algunas empresas solicitaban de forma expresa la contratación de ingenieras.

En fecha tan cercana como 2008, causaron polémica en España las declaraciones del entonces presidente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Edelmiro Rúa, publicadas en el diario ABC (14-4-2008), en las que cuestionaba la capacidad de las mujeres para afrontar una profesión como esta, argumentando que “por algún motivo es una carrera y una profesión que le resulta árida a la mujer” y que “tienen algunos problemas con algunas asignaturas, porque da la impresión de que tienen menos visión espacial que los chicos”.

Sospecho que queda mucho trabajo por hacer en cuanto a la recuperación de nombres de mujeres que obtuvieron tempranamente una titulación en ingeniería civil o ejercieron esta profesión. Una investigación exhaustiva en los archivos de las universidades -también en España- y en las hemerotecas podría sacar a la luz a otras pioneras que hoy permanecen en el anonimato.

Este artículo es un capítulo del libro Mujeres singulares 2, que puede adquirirse en Amazon.

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Algunas fuentes de información:
Layne, Margaret E. Women in Engineering: Pioneers and Trailblazers. Reston, Virginia: American Society of Civil Engineers, 2009.
Web The Engineer: Trailblazers of diversity (29-4-2016)
(La bibliografía completa puede consultarse en el libro)

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