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La marquesa de Brinvilliers, envenenadora

El prólogo del “affaire de los venenos” en la corte de Luis XIV.

En 1672 en Francia un oficial del ejército muere en un extraño accidente. Entre los objetos dejados dentro de una caja de cuero rojo aparecen unas cartas de su amante, la Marquesa de Brinvilliers, y unos frascos que una vez analizados muestran haber contenido diversos tipos de veneno. Este hallazgo desencadena uno de los episodios más curiosos de la historia de Francia, conocido como el “affaire de los venenos”.

Marie Madeleine Dreux d’Aubrey nació en 1630 y era la mayor de los cinco hijos de Antoine Dreux d’Aubreay, señor de Offemont. Su madre había muerto en el parto. Señorita de modales dulces, recibió una buena educación y a los veintiún años se casó con el marqués de Brinvilliers. Tuvo siete hijos, de los que cuatro no eran de su esposo, sino de sus numerosos amantes. Sería precisamente uno de estos quien decidiría el destino de la marquesa: Godin de Sainte-Croix, oficial de caballería y presunto alquimista.

La marquesa de Brinvilliers.
La marquesa de Brinvilliers.

Este caballero vivió durante una larga temporada a costa de Madeleine, pero al ver cómo el marido de ésta dilapidaba su fortuna en sus propias amantes y en el juego, comenzó a temer que se acabase su buena vida. Instó a la marquesa a divorciarse, pero las probabilidades de que ella conservara su patrimonio eran escasas, dada su pública condición de adúltera reincidente. Si la pareja quería mejorar su economía iba a tener que plantearse medidas más expeditivas. Entretanto, el padre de Madeleine, harto de la vida escandalosa de su hija, había maniobrado para conseguir una orden del rey y encarcelar a Sainte-Croix. Seguramente nunca lo habría hecho de saber que el amante de su hija iba a tener como compañero de celda en la Bastilla a un experto envenenador italiano llamado Egidio Exili, del cual aprendería sus técnicas, entre otras la forma de fabricar venenos indetectables.

Sainte-Croix fue excarcelado a las seis semanas de entrar y lo primero que hizo a su regreso fue enseñarle a la marquesa lo que había aprendido de Exili. Ella se puso a la tarea con afán: practicó las artes del envenenamiento con una de sus doncellas y con los enfermos de un hospital, a los que distribuyó pasteles emponzoñados, comprobando que los médicos, incapaces de detectar el veneno, certificaban sus muertes como naturales.

Se encontraba ya preparada para eliminar a su padre y a sus hermanos y apoderarse de su herencia. Después llegaría el turno de su marido. Ocho meses tardó en acabar con la vida del padre, mientras permanecía a su lado fingiendo cuidarlo de su supuesta enfermedad al tiempo que envenenaba sus alimentos.

La marquesa de Brinvilliers envenenado a su padre.
La marquesa de Brinvilliers envenenado a su padre.

Para acabar con sus hermanos necesitaba infiltrar en su mansión a alguien de confianza y con acceso a la cocina. La Chaussée era un criado de Sainte-Croix con muchas deudas y pocos escrúpulos. La marquesa consiguió que sus parientes lo pusieran a su servicio. Así, uno tras otro, sus hermanos fueron cayendo enfermos y murieron.

Pero algo empezó a fallar cuando intentó acabar con el marido siguiendo el mismo procedimiento. A pesar de las dosis de veneno que ella misma le administraba en la comida y que le causaban graves trastornos digestivos, se resistía tenazmente a morir. La marquesa ignoraba que Sainte-Croix había conocido a otra mujer y estaba decidido a no casarse con ella. Por eso el oficial había ordenado a su fiel La Chaussée que proporcionase al esposo de Madeleine un antídoto para mantenerlo con vida.

De esta manera el marqués de Brinvilliers sobrevivió al intento de homicidio. Con el aparato digestivo destrozado y sospechando ya de las malas intenciones de su esposa se retiró a vivir a una de sus propiedades fuera de París.

A estas alturas, Madeleine se había convertido en una asesina en serie que intentó matar también a su hermana Thérèse, monja carmelita, y a su propia hija.

Sainte-Croix, en previsión de acontecimientos, había guardado treinta y cuatro cartas de amor de la marquesa, otros documentos de carácter comercial y frascos de veneno en una caja de cuero rojo con la nota “abrir en caso de muerte anterior a la de la marquesa”. Y en efecto, murió el oficial, no asesinado por su amante como él temía, sino por accidente el 31 de julio de 1672, al aspirar vapores tóxicos mientras realizaba un experimento alquímico.

Sainte-Croix había dejado numerosas deudas y sus acreedores reclamaron el pago al procurador del rey, por lo que el asunto llegó a conocimiento de la corte de Luis XIV. Entonces la autoridad ordenó abrir la caja que contenía las pertenencias del oficial y aparecieron nueve cartas de la marquesa en las que admitía haber envenenado a su propio padre y a dos de sus hermanos. En otros papeles se reconocían pagos y deudas y en ellos figuraban los nombres de diferentes personas, tanto comerciantes como nobles.

Reclamada por la justicia, Madeleine huyó a Inglaterra. La Chaussée, detenido y torturado hasta la muerte, confesó sus crímenes. La marquesa fue condenada, en ausencia, a la pena capital y el gobierno francés solicitó al británico su detención y extradición. Ella huyó entonces de Inglaterra y se refugió en un convento en Lieja, donde las autoridades civiles no podían entrar a prenderla. Pero un policía disfrazado de sacerdote le hizo abandonar el convento mediante engaños y la detuvo. En base a las cartas que guardaba Sainte-Croix y a una más que había escrito en el convento, la acusaron de homicida, abortista y pirómana. También se desveló una infancia terrible, ya que fue violada por un sirviente a los siete años y a los diez mantuvo relaciones incestuosas con sus hermanos.

La marquesa de Brinvilliers torturada
La marquesa, torturada por la policía.

Los argumentos de su abogado defensor, en el sentido de que la Marquesa de Brinvilliers tenía que ser inocente debido a su condición de persona noble y rica, no fueron atendidos.

Madeleine intentó suicidarse sin éxito y finalmente fue decapitada el 17 de julio de 1676, a la edad de 46 años, y su cuerpo y su cabeza quemados en la hoguera. Mientras el aire aventaba las cenizas de Marie Madeleine se oyó decir a la marquesa de Sévigné: “Así que todos la respiramos ahora.”

Durante los interrogatorios a la marquesa de Brinvilliers, la policía había llegado a la conclusión de que el uso de veneno era habitual entre personas de la nobleza para eliminar parientes o rivales.

Las investigaciones posteriores permitieron la detención de numerosos nobles -incluida madame de Montespan, amante de Luis XIV- e incluso desarticular un complot para asesinar al rey. Este episodio se conoce en la historia de Francia como “el affaire de los venenos” .

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